26 abril 2006

Si, anoche soñé con Atilio, mi padrino. Fue lindo, muy lindo. Pero me levanté pensando en él. Para mi fue como mi abuelo, era el hermano de mi abuela, soltero y vivaracho. Nunca supe por qué lo eligieron como padrino, no pregunté, pero se que tuve el abuelo ideal.
Mi mamá me hacía las trenzas mientras me decía: ya viene Ati, quedate quieta. Siempre me quedé quieta, sobre todo si me tocaban la cabeza, me hacían mimos y me peinaban.
Tenía un Falcon, el Falcon blanco de la abuela, pero lo manejaba él. Disfrutaba ir sentada en el medio del asiento de adelante que era uno solo entero, mis piernas quedaban rectas para adelante, no llegaban a doblarse de lo grande que me quedaba el auto. Me pasaba a buscar por el jardin de infantes, abría la puerta trasera, me sentaba de costado en el asiento y me sacaba la arena de las zapatillas adidas. Siempre con una sonrisa y con sus grandes ojos verdes. A veces lo recuerdo melancólico. No se porque era soltero, no se si tuvo un gran amor que nunca fue o si no encontró a quien amar.
Los viernes por la tarde me pasaba a buscar por la escuela y me llevaba rápido, bien rápido a mi casa; yo le pregunté una vez por qué y me contestó: sabés guardar un secreto? Voy a ver caballos, al hipódromo. Ese era uno de nuestros secretos.
Lo extraño.
Cómo es posible querer tanto a alguien, que hace 19 años que no veo, y que sólo disfruté unos pocos?

Los domingos mi papá se levantaba y rallaba queso, a rolete, y así yo sabía que Atilio venía a comer la pasta a casa. Corría a abrirle la puerta cuando sonaba el timbre, y mi mamá decía: Pancho!? (mi viejo) me olvidé el vino tinto y ya llegó Atilio. –con voz culposa. No importaaaa –se escuchaba de atrás de la puerta, lo traje yo –contestaba mi padrino.
Ya en la mesa, nos decía: ya todos le pusieron queso? Y no dudaba ni un segundo en volcarse todo el resto de la quesera sobre su plato.

Tengo una foto de él, que guardo con cuidado, sentado en las sillitas del jardín participando del último acto mio en preescolar. No entraba, él medía 1,80 mts y era robusto, como todos los otros hermanos de mi abuela. Hombre robusto si lo era.
Otras veces me llevaba a un taller de dibujo y pintura que iba bien de chiquita y que quedaba en la calle Seguí. Me acuerdo que me hacía el mismo chiste todas las veces que hacía reirme a carcajadas. Me decía: avisame cuando estemos por llegar a Seguí y así doblamos... cuando yo le advertía: esa que viene es Seguí, Ati. Cuál?-me respondía. Seguí –decía yo... Ahhh, entonces sigo –me contestaba. Y amagaba a seguir de largo y no doblar.

Ese amor a la libertad, al compromiso, y al nunca dejar de divertirse me lo enseñó él. O lo heredé de él, no se. No importa.

Fumaba habanos, pero a escondidas de mi abuela. –Atilio!!! Vos siempre igual, cuándo vas a dejar ese condenado vicio! Hoy está Bicho en casa –le reprochaba (si, “bicho” era yo, una suerte de deformación verbal por “vi” de “victoria” y porque era chiquita). Sin duda ahora me lo imagino en las tardes de whisky y habanos en el hipódromo. Vivían juntos desde que se vinieron a Buenos Aires y siempre se llevaron como si tuvieran 10 años, se celaban, se cuidaban y se retaban hasta negarse el postre.
Me gustaban los días de la semana cuando mi mamá, en su Fitito, me pasaba a buscar por donde estuviera y me decía: hoy querés dormir en lo de Ati? Mi sonrisa se escapaba del cuadro.
Me dejaba dormir en su cama que tenía una colcha de jean, con bolsillos que la había hecho mi mamá en su época hippie. Después dormida me pasaba a la cama que tenía para mi en lo de mi abuela.

Cuando murió me dejó todo: su colcha, una biblioteca entera llena de libros, una lapicera a fuente y pluma de oro. Lo más valioso? Mis recuerdos suyos, que no se que hacer con ellos.
Quisiera hoy contarle en todo lo que me fue mal y que me escuche. Quisiera mostrarle la mina que soy. Lo grande que estoy. Y tal vez, por qué no fumar y tomar whisky a su lado, para que vea que soy igual a él.

Me acuerdo de una inundación en Buenos Aires, por principio de los ’80, que nos agarró arriba del Falcon. El me decía que no me preocupara, e iba sentada bien pegada a sus piernas, pero el agua le llegaba a las rodillas. Ibamos por Libertador muy despacio, pasando frente al Museo de Bellas Artes me calmaba agregando: este Falcon de tu abuela es como un bote. Y de ahí debe venir mi veta de marinera, porque estar en sus brazos, por más que la sudestada enfurecía aún más, yo me sentía la nena más afortunada del planeta. Por estar a salvo.

3 comentarios:

celemin dijo...

Tus sueños parecen mas reales que tus propias historias :)

vic dijo...

A veces me despierto sintiendo que lo que soñé me pasó de verdad. Y si me enojé con alguien paso días enojada, por más que haya sido un simple sueño. Así también con sueños de amor...
;)

Perros dijo...

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